Historia de ocho desastres en directo

Desde ir al estudio borracho hasta que te confundan con otra persona. Ben Affleck, Mark Wahlberg o Cara Delevingne son algunos de los protagonistas de los momentos en plató más sonrojantes de la historia

¿Quién no ha tenido un mal día en la oficina? Un día de furia, de delirio o de resaca, de llegar al trabajo sin haber dormido o en condiciones lamentables, echando a perder en un instante la buena fama acumulada en años de esfuerzo sin mácula. Charlie Sheen daba no hace mucho gracias al cielo por ser actor y no cirujano o controlador aéreo, ya que así había podido permitirse “ir de vez en cuando al trabajo borracho o drogado sin por ello poner en peligro la vida de nadie”. Para los que trabajan en los medios de comunicación o acuden a ellos para promocionar su trabajo, un mal día en la oficina, un bochorno televisado en riguroso directo, puede no ser cuestión de vida o muerte, pero sí sinónimo de despido fulminante, de pérdida de patrocinadores, de audiencia o de esos capitales intangibles que son el prestigio profesional o la buena fama. Ahí van varios casos de profesionales que se buscaron la ruina porque estaban ya demasiado de vuelta de todo o porque olvidaron por un instante que la televisión (o la radio) las carga el diablo.

 Cara Delevingne con pocas horas de sueño

La modelo inglesa perdió los papeles, pero tiene circunstancias atenuantes muy sólidas. Acudió a un plató con la guardia baja y le tocó padecer una de las entrevistas más absurdas e incómodas de la historia de la televisión. Pongámonos por un momento en su piel. 

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Delevingne, que en 2015 tenía 23 años, lleva ya tres semanas promocionando Ciudades de papel, la primera película de Hollywood que protagonizaba, un paso que se prevé decisivo en su incipiente carrera como actriz. Entra en directo a las nueve de la mañana en un informativo local, Good Day Sacramento. Según confiesa, ha dormido apenas un par de horas. Tiene buen aspecto, pero parece algo más tensa de lo habitual. La entrevista dura apenas un par de minutos y es un completo despropósito. La conductora del programa y sus tertulianos la llaman ‘Carla’, le hacen preguntas entre rutinarias y ridículas, se mofan sin apenas disimulo de su acento británico, dan por supuesto que no se habrá leído el libo en que se basa la película e incluso insinúan que, tratándose de una modelo y juerguista contumaz como ella, apenas habrá tenido tiempo para preparar el papel. Cara parece más incómoda cada segundo que pasa, pero aún así intenta quitarle hierro al asunto con una broma mal calibrada (humor británico, ya saben) y que cae en saco roto. “No pareces muy entusiasmada por la película que has venido a promocionar”, le dicen en un torpe intento de reconducir lo que ya no tiene remedio. “Bueno, será el cansancio. Pero sí, la película me entusiasma y ser actriz es mi pasión desde que era una niña”. “Entonces puede que el problema seamos nosotros”. “Sí, sois vosotros”. A Cara se le congela la sonrisa. Frunce el ceño, murmura un par de insultos apenas audibles y corta la conexión. “Vaya, estaba de mal humor”, zanja la presentadora entre las risas un tanto culpables de sus adláteres. Pocos minutos después, Cara escribe sobre el incidente en las redes sociales. Reconoce que ha perdido los nervios, pero echa la culpa a la actitud machista, antibritánica y desconsiderada de sus interlocutores. Por supuesto, la promoción de Ciudades de papel ha acabado para ella. Días después, la periodista cultural Jennifer Swann da la clave en una tertulia: “Incluso una diva arrogante como Julia Roberts entiende que no importa lo estúpidos o lo impertinentes que sean tus entrevistadores. Una actriz de Hollywood es la embajadora de la industria cultural más poderosa del mundo y nunca debe perder ni los nervios ni la sonrisa. Cara Delevingne, como buena joven inglesa educada más en el sarcasmo que en la diplomacia, no quiso o no supo entenderlo”.

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